"Tiene palomas amarillas adentro de su noble cráneo, estas palomas le circulan durmiendo en el anfiteatro de su palomar cerebelo, y luego el ibis escarlata pasea sobre su frente una ballesta ensangrentada."
Ariadna (en griego Ἀριάδνη, de la forma greco-cretense para arihagne, ‘la más pura’) fue, en la mitología griega, la hija de Minos y Pasífae, los reyes de Creta que atacaron Atenas tras la muerte de su hijo Androgeo. A cambio de la paz, los atenienses debían enviar siete hombres jóvenes y siete doncellas cada año para alimentar al Minotauro. Un año, Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, marchó voluntario con los jóvenes para liberar a su pueblo del tributo. Ariadna se enamoró de Teseo a primera vista y le ayudó dándole una espada mágica y un ovillo del hilo que estaba hilando o, según otras fuentes, una corona luminosa para que pudiese hallar el camino de salida del Laberinto tras matar al Minotauro. Ariadna huyó entonces con Teseo, pero según Homero «no pudo lograrla, porque Artemisa la mató en Día, situada en medio de las olas, por la acusación de Dioniso» (Odisea xi.324). Homero no explica la naturaleza de la acusación de Dioniso.
Cuando Minos supo que Teseo había matado al minotauro montó en cólera por lo que Teseo tuvo que apresurarse en la huída en la que lo acompañó Ariadna. Pero ella nunca llegó a ver la tierra de Teseo, Atenas, pues en una escala que él hizo en la isla de Naxos, la abandonó dormida en la orilla.
¿Quién me calienta, quién me ama todavía? ¡Dadme manos ardientes! ¡dadme un brasero para el corazón! Tendida en la tierra, estremeciéndome, como una medio muerta a quien se le calienta los pies, agitada, ay, por fiebres desconocidas, temblando ante glaciales flechas agudas de escalofrío, cazada por ti, ¡pensamiento! ¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Aterrador! ¿Tú, cazador entre las nubes! ¡Fulminada a tierra por ti, ojo sarcástico que me mira desde lo oscuro! Así yazgo, me doblo, me retuerzo, atormentada por todos los martirios eternos, herida, por ti, el más cruel cazador, tu desconocido, dios...
¡Hiere más hondo! ¡Hiere de nuevo! ¡Pica, repica en este corazón! ¿A que viene este martirio con flechas de dientes romos? ¿Qué miras otra vez sin cansarte del tormento humano con malévolos ojos de rayos divinos? ¿No quieres matar, sólo martirizar, martirizar? ¡Para qué martirizarme a mí, malévolo dios desconocido?
¡Ah, ah! ¿Te acercas sinuoso en semejante medianoche?... ¿Qué quieres? ¡Habla! Me estrechas, me oprimes, ¡ah, ya demasiado cerca! Me oyes respirar, acechas mi corazón, ¡celoso! -¿pero celoso de que?- ¡Fuera, fuera! ¿para qué la escala? ¿quieres subir adentro, hasta el corazón, subir hasta mis más secretos pensamientos? ¡Impúdico! ¡Desconocido! ¡Ladrón! ¿Qué quieres sacar robando? ¿Qué quieres sacar escuchando? ¿Qué quieres sacar atormentando? ¡tú, atormentador! ¡tú, dios verdugo! ¿O como el perro debo refregarme contra el suelo ante ti? ¿Sumisa, embelesada fuera de mí menear la cola por amor? ¡Es inútil! ¡Punza otra vez, aguijón el más cruel! No soy tu perro, sólo tu presa, ¡cazador el más cruel! tu más orgullosa prisionera, bandido tras las nubes... ¡Habla al fin! ¡Tú, encubierto con el rayo! ¡Desconocido! ¡habla! ¿Qué quieres, salteador, de mi?... ¿Cómo? ¿Un rescate? ¿Qué quieres de rescate? Pide mucho, ¡lo aconseja mi orgullo! Y habla poco, ¡lo aconseja mi orgullo!
¡Ah, ah! ¿a mí es a quien quieres? ¿a mí? ¿a mí entera?... ¡Ah, ah! ¿Y me martirizas? ¡Loco que eres un loco! ¿Requetemartirizas mi orgullo? Dame amor, ¿quién me calienta todavía? ¿quién me ama todavía? dame manos ardientes, dame un brasero para el corazón, dame, a la más solitaria, a la que el hielo, ¡ay!, siete capas de hielo enseñan a añorar enemigos, da, sí, entrega, enemigo el más cruel, dame ¡a ti!..
¡Se acabó! Entonces huyo él, mi único compañero, mi gran enemigo ¡mi dios verdugo!... ¡No! ¡vuelve! ¡Con todos tus martirios! Todo el curso de mis lágrimas discurre hacia ti, y la última llama de mi corazón para ti se enardece. ¡Oh, vuelve, mi dios desconocido! ¡mi dolor! ¡mi última felicidad!...
Un rayo. Dionisyos aparece con esmeraldina belleza.
Dionysos: Sé juiciosa, Ariadna... Tienes oreja pequeñas, tienes mis orejas: ¡mete en ellas una palabra juiciosa! ¿No hay que odiarse primero, si se ha de amarse?... Yo soy tu laberinto...